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Cuando vio la imagen del pequeño feto en el printer del ultrasonido comprendió que era el principio del fin. Ella le había dicho que nada de aquello tenía sentido ya, nada, recalcó e intentó en vano disimular el llanto. De modo que era cierto, se preguntó él, que aún conservaba la remota esperanza de que esto no fuera más que otro artilugio de Martha para darle celos, para intentar, como tantas otras veces, rehacer el matrimonio. Entonces fue cuando dijo lo del embarazo, no fue una afirmación categórica, sino más bien un hecho posible, una simple y llana probabilidad; creo, dijo, solo eso, creo que estoy embarazada, y continuó escogiendo el arroz, como si tal cosa. Pero Karlos vio sus lágrimas y por primera vez sintió miedo. 
Este es el primer párrafo de La sima; su protagonista, Karlos, es un muchacho desenfadado y libertino, y que toma la vida muy a la ligera. Pero esta ligereza, a partir del incidente narrado en el párrafo anterior y de la severa depresión que le ocasiona el mismo (provocada principalmente, entre otras causas, por ver vulnerado por primera vez su orgullo desmedido), lo hacen cuestionarse seriamente los derroteros de su existencia. Su vida entonces pasa de una incontinencia extrema a un recelo enfermizo, provocado por su enfermedad; se obsesiona con la idea de que la existencia es una concatenación de asares y decisiones adecuadas o equívocas y que nosotros no somos más que la suma de estas, y se empeña en la búsqueda del momento preciso en que comenzó el gran equívoco en su vida.

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