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Solo ahora, comienzo a sospechar/ que en esta isla de enanos aplazados, el invierno/ tiene esa tardanza entre dos puntos,/ cierta línea del mapa que miente los tesoros. Nos dice Anisley en uno de sus poemas, para luego proseguir aclarándonos: En esta patria que puede llamarse Buenos Aires,/ Virginia o Jericó,/ hemos construido también un mausoleo/ en homenaje a un gran amor/ que se nos hizo lluvia/ y con enano mármol hicimos nuestras casas/ alrededor del Taj-Mahal. Y estos únicos versos ya pudieran develarnos por sí solos el espíritu total de este poemario.

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La organicidad de El reino

Es esta una de las características que primero salta a la vista cuando nos acercamos o, más bien, nos sumergimos, en esta otra realidad posible que es El reino de las leves criaturas, la unidad de sus textos. Unidad que viene dada no solamente por el tono, por la arquitectura de los poemas, por su arbitraria puntuación, por sus sujetos líricos, por sus intertextualidades desbordantes o sus temáticas, sino además porque todos en conjunto conforman una especie de cronología, no necesariamente lineal en el tiempo, de un universo posible, el universo poético de la autora, que bien pudiera ser este, nuestro universo, pero desde un plano metafórico.

Otro universo posible

En el prólogo de este libro se nos dice que: adentrarse en este libro es viajar al mágico universo de la literatura, yo, por mi parte considero que adentrarse en este libro es descubrir el universo mágico “por” la literatura. Este mundo perfectamente posible, sospechosamente cercano, está poblado de incontables criaturas mitológicas, personajes literarios, históricos y entre ellos, como entretejiendo sus disímiles vidas, se mueven los enanos.

Irremediablemente enanos

Los enanos tienes sus pequeñas miserias, sus nimios errores, sus mínimas soberbias, y estas pequeñeces vienen dadas no por las aparentes dimensiones de sus actos, sino por el rasero con que estas son medidas; unidades inalcanzables para los simples enanos, inamovibles, eternas, a semejanza de aquel metro patrón internacional grabado en una barra de aleación de platino e iridio que bajo exquisitas condiciones se preserva en París y que en manos de aquellos otros, llámense Gulliver, o los gigantes o titanes, sirven para medir, de modo caprichoso y arbitrario diría yo, todos sus actos, es decir, los actos de los enanos, en fin, los actos de cada uno de nosotros, simples “mortales”; y que conste que apunto mortales entre comillas, pues bien pudiera decir masa, o subordinados o simples seres para el deseo o el amor u otra pretensión ajena.

Los enanos no son enjuiciados en ningún momento por la autora, no son malos ni buenos, tontos o listos, cariñosos o huraños, son solo eso, enanos y todos sus actos dependen de esa condición. Los podemos amar u odiar, comprender o no, pero nunca, y esto parece querer decirnos su autora, debemos olvidar sus estaturas. Porque, por ejemplo, y cito: Los enanos no tienen sexo fijo./ Son verdes o noctámbulos,/ pero todos definitivamente enanos.

El reino…, el cosmos y el caos

Y este universo de ficción perfectamente perfilado por Anisley, como todo universo que se respete, también tiene sus universos interiores, sus propias ficciones, como sucesivas matriuskas o cajas chinas.

Este es El reino de las leves criaturas, sin engañosos afeites, sin palabras fraudulentas para engañar al lector; si les parece demasiado aburrido o demasiado complicado para su gusto, bien puede marcharse tranquilamente de su reino, pero tal vez debiera pensárselo dos veces.

Tag(s) : #Literatura
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